Bien, el viaje a Punjab (un estado muy al norte de la India) terminó y el balance no podría ser más satisfactorio. Luego de mi inolvidable (inolvidable en el sentido de traumática) experiencia en el tren a Jaipur, esta vez nos llevó un tren muy cómodo, con una silla para cada pasajero, con periódico, comida, Coca-Cola... Mejor dicho, hice las paces con los trenes de este país.
Bueno, salimos el lunes a las 5 a.m. y llegamos a la 1 p.m. a Amritsar, una ciudad a pocos minutos de la frontera con Pakistán.
La verdad, yo no sabía qué tan cerca estábamos, pero es cuestión de 20 minutos llegar desde el hotel hasta este sitio en donde todos los días, al amanecer y al atardecer, se lleva a cabo una ceremonia muy interesante en la que ambos lados hacen simultáneamente el cambio de guardia.

Es una demostración de fuerza y se diría, incluso, de agresividad. los soldados caminan a zancadas hacia la frontera, paran con un pisotón y retan al vecino. Pero igual se saludan y cambian la bandera con toda la solemnidad del caso.

Cientos (miles, yo creo) de personas van cada día, y contrario a lo que se podría pensar, la mayoría no son turistas. A pesar del tono ya descrito en el que las multitudes le echan vivas a su país (recuerden que India y Pakistán están agarrados hace rato por Cachemira), cuando el cambio de guardia finaliza, la gente va hasta la reja que separa a los dos países para saludar a sus amigos o familiares al otro lado de la frontera.
MUY interesante.
Pero lo que íbamos a ver en Amritsar era el Templo Dorado y allí fuimos el martes.
A ver niños, se llama el Golden temple porque está cubierto de... Ajá, muy bien. Del que te cuento. Oro puro de 24 kilates (mentiras, no sé de cuántos kilates, pero sí es oro) cubre la práctica totalidad del edificio. Una pequeña franja cerca al piso no está cubierta, me imagino que para evitar tentaciones, pero el edificio reluce al sol como la joya que es.
El templo es el sitio más sagrado de la religión Sikh (creo que en español se llaman los Sijs) y es la razón por la cual Amritsar es considerada una ciudad santa. Al igual que en otros sitios como el Taj Mahal o la Gran Mezquita, se entra descalzo al templo dorado. Con los pies lavados a la entrada y con la cabeza cubierta por un pañuelo, se recorre un complejo que es, fundamentalmente, un gran recorrido alrededor del Estanque del Néctar (que es lo que Amritsar significa).
La devoción es impresionante, los sikhs (se les reconoce porque usan barba y turbante) acuden a bañarse en el estanque -que está refrío- y a arrodillarse frente al libro sagrado. A toda hora el lugar está inundado de cantos y rezos.
Bellísimo.

Y finalmente, el miércoles, visitamos los jardines del memorial construido para recordar a las más de 300 personas que murieron en 1919, cuando el ejército británico abrió fuego contra una multitud de manifestantes desarmados. La masacre de Amritsar jugó un papel crucial en la vida de Gandhi, porque se dice que le sirvió para acometer con mayor decisión su ideal de la resistencia No violenta.
Y ya. En la tarde del miércoles, muy a las 5 p.m., nos subimos a otro tren que nos trajo de regreso a Delhi a la medianoche. Muy interesante, y lo mejor es que hoy se terminan las clases. La próxima semana, exámenes.